Conjunto de huellas

jueves, 28 de julio de 2016

Del amor en general y de ti en particular




Es ese deporte en el que sin saber andar nos echamos a correr.
Es la necesidad de sujetarme el corazón cada vez que escucho tu nombre. 
Es ese punto cardinal al que volver cuando todo está perdido. 
Son los restos de un Tal vez que no ha cicatrizado. 
Son esos besos que me das después del sexo sin largarte del colchón. 
Es el intento de avanzar mirando de reojo lo que pudo ser. 
Es la miopía que me deja tu recuerdo. 
Es un viaje al paraíso sin billete de vuelta. 
Es seguir dando el mundo a sabiendas de que no recibirás el cielo. 
Es el empujón que te hace caer por el precipicio más alto. 
Es el No que esconde a un afónico y miedoso. 
Es el ataque sorpresa que te pilla cuando has bajado la guardia. 
Es el error que cometería 200 veces más a pesar de cualquier advertencia. 
Es ponerle dueño a cada madrugada que deja fría tu cama. 
Es la luz que se ve al final del túnel,
y también la chispa que hace saltar los plomos de mis circuitos. 
Es la explosión que sale de tu voz directa al corazón.
Es la canción que me enseñaste y que me sé de memoria en silencio. 
Son las ganas de arreglar lo irreparable cuando ya no quedan tiritas. Ni siquiera botiquín. 
Es lo que nadie elige pero todos buscamos.


Seguramente podría encontrar más definiciones pero, aún así, continuarán habiendo veces en las que dude y necesitaré más pistas. De hecho, las llegué a apuntar en algún sitio, y ahora no las encuentro. Como tampoco me encuentro a mí o no me encuentro contigo. 
¿Sabes que? Lo mejor de todo es que estoy convencida de que nunca llegamos a saber qué es hasta que llega alguien y nos susurra al oído: Amor es la palabra que resuelve el crucigrama. Y entonces te lo enseña. Y dejas que lo haga. Porque siempre aprendes nuevas formas de llamarlo, pero sigues esperándolo como siempre lo has hecho, con los brazos abiertos como si fuera aquella primera vez.




martes, 10 de mayo de 2016

Ayer no es múltiplo de ahora


Todo el mundo es bueno cuando las cosas van bien. Cuando el tiempo parece que te sonríe y está a tu favor, sientes con suficiente convicción que nada puede fallar. El sol empieza a calentar la piel, los cerezos florecen y, poco a poco, las ansias de verano se manifiestan en tu día a día inevitablemente.

Sin embargo, estás subestimando y no teniendo en cuenta un detalle: a veces el frío viene de dentro. La primavera desfallece y recae sobre ti un invierno con cielos nublados que avecinan tormenta. Algo se tuerce, una tecla se activa, y una parte de ti se rompe. Los despertares se vuelven individuales, las promesas se quedan flotando por la habitación y la resignación gana la batalla

La noche es un laberinto que no te deja escapatoria; entonces le toca hablar al alma. Un helor contagia tus sábanas enmascarándolo todo y es en ese punto cuando maldices a quien te contó que nada abrasa más que un fuego acabado de ahogar. Compruebas que, en cuanto a destrucción, también el hielo es grande y suficiente. En mi colchón sólo quedan marcas. Marcas de tu paso por mi vida. 400 versiones diferentes sobre una misma discusión, 400 preguntas que necesitaban respuesta, 400 madrugadas que no consiguieron aliviar mi inquietud, 400 planes que quedaron apuntados en la nevera, 400 reproches que forman la guerra entre tu y yo. Ya sabes lo que dicen, dolor y consuelo nunca están en el mismo bando. Pero aún así yo me pregunto, ¿por qué no nos queremos de vuelta, de segunda mano o de ocasión? ¿Por qué no volvemos? ¿Y si empezamos a hacer las cosas sin tanto miedo? Lo siento, soy experta en echar leña sobre hogueras apagadas y no sé aceptar que hay ciertas cosas que se acaban. Suelo acelerar las caricias y los "Te quiero" por mis ganas de sentir. Tengo sueños sencillos con personas complicadas que siempre terminan igual: otra esperanza ciega y fugaz que se pierde con la luz del amanecer. 

Y es que cuesta tanto comprender que ayer no es múltiplo de ahora. No ayuda tener tu sudor grabado en la memoria y tu cara dibujada en la almohada. Me aterroriza pensar que hoy tu cuerpo es la fiesta a la que nadie me invitó. "¿Y si muere la pasión?", gritó afónico mi subconsciente. A veces todo suena exageradoNo se trata de esperar un milagro dándonos una semana. No es cuestión de retroceder y salir huyendo hacia algún lado que nos devuelva el norte perdido. Creímos que, sin intensidad, el amor es un globo sin aire pero no. No es cierto. Preocúpate sólo cuando no quede ilusión, cuando ya no haya nada que recordar. Cuando ya no queden ganas. No adelantes un final por no arder a todas horas. 


Voy a contarte un secreto. Si hay amor, quedan brasas y pulmones para soplar. 




domingo, 23 de agosto de 2015

Fuimos música de vez en cuando






A veces buscamos el silencio y otras huimos de él.
Bien porque no queremos enfrentarnos al valiente hecho de escucharnos a nosotros mismos o porque ello nos desvela cosas que no queremos conocer, decidimos aferrarnos a notas que rompan con la monotonía, con lo que nos hace daño. Y es que soy de las personas que creen que cada historia debería tener su propia banda sonora, simplemente porque es curioso cómo una canción puede cambiarlo todoTransforma por completo el momento, volviéndolo mágico y único, y te otorga el privilegio de poder regresar a él cuando quieras. Sólo repitiendo una y otra vez el tema.  


Ese par de acordes de guitarra que escuchas mientras caminas por calles desconocidas buscando llamar la atención de alguien. Esa balada que, de madrugada, te hace comprender que lloramos con canciones lo que no logramos aceptar con palabras. Ese suave y delicado violín sonando de fondo cuando estás a punto de besar al que crees que será el amor de tu vida. Por un momento, crees que el cantante está narrando tu vida a la perfección y te identificas con cada palabra, cada pausa, de la letra. 


Será que empiezo a creer en lo que dicen. Que hay canciones que, al cerrar los ojos, se convierten en personas. Y entonces ya no hay marcha atrás. Siempre asociarás esa composición con su mirada, sus labios recorriendo cada esquina de tu cuerpo, su tacto chocando con tu piel desnuda. Y será vuestra, de nadie más. Todos tenemos una melodía que, por alguna razón, se convierte en nuestra favorita. Confieso que aquella madrugada de verano me drogué con tu respiración acelerada y me embriagué con tus susurros, guiándome al fin por el compás de tus latidos. Desde entonces siempre apareces tú.



No sé qué será, pero quiero pensar que fuimos música de vez en cuando. 

Aunque por querer y no pensar, 
quiero ser la canción que te haga reír y también llorar.
Quiero ser el estribillo que no puedas quitarte de la cabeza. 
Y tu melodía favorita. 





sábado, 18 de abril de 2015

Aunque tú no lo sepas

Cierro los ojos. Respiro el aire fresco que entra por la ventanilla y me evado del ruido que hacen las ruedas al chocar con la vía. Cuando los abro, el tren va más despacio. Debo estar a punto de llegar, y tú, tú debes estar preguntándote a dónde voy. No lo sé. Dudas. Ojalá, que todas las primeras palabras de todas las primeras frases de este texto no fueran dudas. A veces, que no exista una buena razón para quedarse es una buena razón para marcharse. Y es ahí cuando decides viajar. En última instancia, una vida no es más que una suma de trayectos contingentes, llenos de intersecciones casuales y estaciones de tren donde tienes que decidir cuál quieres coger y cuál dejar pasar. El trayecto puede ser más largo o más corto, más superfluo o más decisivo, hacerlo por amor al arte o por obligación, hacerlo solo o acompañado, los hay que tienen destinos fijados, y otros que están destinados a perderse, pero no tenemos otra opción. Trayectos.

Siempre vamos de "A" a "B". De donde estamos a donde queremos estar. De lo que somos a lo que queremos ser. Y ésta es la premisa básica para explicarlo todo. Por fin he sido capaz de entenderlo. Que nuestros trayectos hacía tiempo que estaban separados, pero yo seguía subida en ese tren con la esperanza de que te subieras en la próxima estación e quisieras viajar conmigo. Pero no. No subiste. Esperé hasta que el tiempo lo puso todo en su lugar y decidí bajar del tren y coger otro, éste en el que estoy acabando de escribir estas líneas. Sé que me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos, pero quiero encontrar a mi "B". Que ya he entendido que no estamos hechos para tenernos. Nunca te tuve y nunca vamos a tenernos. Tal vez sólo nos queríamos por eso, aunque no nos lo dijéramos.

Y es que hay tantas cosas que si se pronunciaran en voz alta, desvelarían secretos de una intensidad que quizá no podríamos asumir y perderían la magia. Por eso mejor escribirlo, porque lo escrito que se olvida, al leerlo se recuerda. Recordar el pasado, quedarse a vivir en el presente y no lamentarse de futuros que no están escritos. Una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido. Si soy sincera, ésta ha sido la primera vez que me he atrevido a decirte adiós para siempre y no girarme para ver cómo te marchabas. La que se marchaba era yo. Llega un punto en el que ya no esperas el mensaje de nadie y eres feliz. Y es bonito, y está bien. 

No sé si algún día llegarás a leer esto o si se convertirá en ceniza, pero no me importa. Ya no. Aunque tú no lo sepas, yo sí. Eso me basta. Y está mejor que bien. 





























































M.

sábado, 21 de junio de 2014

La tormenta me debía una calma




No sé por qué pero a altas horas de la madrugada, cuando media ciudad duerme y la otra mitad se emborracha de la noche, últimamente siempre me entran ganas de escribirte. Y no sólo eso. Describirte entre mis sábanas frías necesitadas de amor y dibujarte, entre suspiro y suspiro, con una sonrisa acostado a mi lado mientras me dedico a recitarte como el arte más bonito jamás descubierto. Como ves hay mil cosas que quiero hacer y hacerte, así conjugado en segunda persona, porque sólo cobran sentido si eres tú. Así conjugado porque es a ti. 

Pero aún no sé definirte. Se me ocurren tantos símiles que todos en fila llegarían a la Luna y vuelta, por muy hipérbole que parezca. Lo he intentado con su hermana gemela la metáfora pero la perfección de tus imperfecciones siempre me lleva a la paradoja. Tan contigo y tan sin ti que tampoco sé qué preposición utilizar. No nos hacen falta conjunciones que nos unan cuando pasas más tiempo en mi cabeza que el oxígeno en mis pulmones ni pronombres que intenten sustituirte porque eres único.
¿Y los signos de puntuación? Rezo para no encontrarme con ningún punto y final y así seguir disfrutando de los puntos suspensivos. 

Solía ser de las que pensaban que, en ocasiones, cuando más ajeno estás a todo, cuando menos esperas que ocurra algo que altere tu ordinaria y aburrida rutina, el destino decide jugarte una mala pasada y te golpea en la cara con un guante de hierro. Pero admito que contigo fue diferente. Al fin y al cabo, la tormenta  me debía una calma. Contigo aprendí que hay personas que son refugios, lugares donde puedes huir y no ser encontrado hasta que así lo decidas. Dudo si debería llamarte coincidencia, suerte o incluso casualidad. Pero de momento simplemente prefiero llamarte por tu nombre.

En noches reversibles como ésta en las que intento continuar escribiendo esta historia a medio empezar, me doy cuenta que eres la excepción que rompe todas mis normas, incluso las ortográficas. Y es que no hay sintaxis que valga cuando tu piel toca la mía deshaciendo cualquier orden, empezando por mi cama. Tampoco existe la gramática cuando decido "hamarte", con h, porque también los aciertos se cometen y los errores avisan y tú eres un acierto que me enseña como un error. Y por cometernos, aprendemos. Aprendemos que no hay mejor sentimiento que el saber que, en realidad, significas algo para alguien.





lunes, 26 de agosto de 2013

The summer skies


Supongo que hasta el día de hoy, cuando sólo falta menos de una semana para despedirte del que ha sido tu mes favorito en todo el año, no eres consciente de que el tiempo ha ido pasando. Unas veces más deprisa, otras más lento. Pero a pesar de esa relatividad, ha pasado. Que todo eso de las mañanas con un toque de sal, los atardeceres desnudos frente al mar y las noches de hamaca acompañadas del leve sonido de las olas, dentro de poco quedará aparcado en una esquina de tu habitación. Para que puedas echarlo de menos. Para que sonrías cada vez que lo recuerdes.  

Y es que a fin de cuentas, cada verano es único. Tanto por lo que hacemos como por el quien y el cómo lo vivimos. Hay veranos bañados en ron y algún que otro cóctel donde solo importan las locuras que se cometan. Hay veranos que desapareces porque simplemente necesitas encontrarte a ti mismo. Y otros, mis favoritos, en los que decides irte a cualquier lugar para descubrir aquello que meses atrás eras ni siquiera capaz de ver. Todo el mundo necesita uno y quien lo niegue, se engaña.

Cuando estás quieta en un punto donde todo te parece siempre lo mismo, donde gritas con todas tus fuerzas pero nadie levanta la cabeza, cuando hasta el aire te ahoga. Es entonces, cuando necesitas viajar. Viajar para cambiar no de lugar, sino de ideas. Dejar que el teléfono suene encima de la mesa porque ya no importa quien esté detrás. Quedarte de pie al lado de la parada de bus mirando cómo lo acabas de perder. Sentarte en un banco de un parque con el paraguas en la mano mientras la lluvia te empapa la ropa. 
El verano es esa oportunidad que te ofrece el año para poder cambiar de ideas. Y no te preocupes, porque si eso no ocurre tendrás un billete de vuelta a tu rutina en la mano el día 31. 

Ahí estaba yo. Con ese billete de vuelta y una maleta llena de mil ideas que había  recogido. O desordenado. Estaba dispuesta a encarar mi rutina con nuevas sensaciones; haber conocido a alguien por pura casualidad y que luego acabe siendo quien te haga ver la parte buena de las cosas cada noche o descubrir que la sonrisa de ese tímido chico con el que hablas apenas hace unos meses simplemente te encanta (entre muchas otras).
Fuera como fuera, pasado lo que hubiera pasado, me llevaba otro verano a casa en el bolsillo que sería inolvidable e irreemplazable





lunes, 12 de agosto de 2013

Versos con destinatario



Uno de esos días, mientras caminas por la orilla de la playa a eso de las 9 de la mañana, cuando hasta el mar parece estar dormido, te acuerdas de alguien. Experimentas aquello que la gente llama cotidianamente "echar de menos" y durante escasos 10 minutos te das cuenta de lo que es preguntarse qué estará haciendo ese alguien, en su día especial, en otra playa totalmente distinta y situado a muchos kilómetros de dónde te encuentras en ese preciso momento. Y deseas que alguna vez, con o sin motivo, alguien también te dedique unos minutos de su tiempo para acordarse de ti. (Pero hagamos un paréntesis de eso ahora y ya le dedicaremos más de una línea en otra ocasión).

Uno de esos días como hoy, quiero dedicarlos a dar las gracias a esos "alguien (es)" que entran en tu vida cuando escasamente tienes uso de razón y lo único que te preocupa es el vestidito que le pondrás al día siguiente a tu muñeca favorita. Y es algo precioso pero que en ese momento no valoras porque sientes que es algo que tendrás toda la vida y simplemente lo disfrutas. Pero luego llegas 13 años después, cuando estás en plena adolescencia, en la flor de la vida como diría mi madre, y darías lo que fuera por tener más de una de esas amistades. ¡Muchas más!
Pero no importa la cantidad en estos casos. Yo estoy muy contenta de haber encontrado este alguien que probablemente cuando lea estas palabras con su nombre detrás de cada una de ellas, le saque una sonrisa. Porque a fin de cuentas, se las merece. Él ha sido capaz de aguantar y soportar durante tantos años a una soñadora loca y pesada como yo. Y hemos pasado de todo, desde lograr no congelarnos y abrirnos la cabeza intentando esquiar hasta inventarnos un novio secreto (con Facebook y todo eh!). 

Y yo no sé que pensará ese alguien de mí, pero quiero que sepa que todo este tiempo no ha estado perdido a su lado. Que las bromas son más bromas con él y las penas menos penas. Los cumpleaños no deben ser una excusa para aprovechar y agradecerle todo lo que ha hecho por ti; si tú también tienes a ese alguien como yo (que estoy convencidísima de que sí) demuéstrale que puede contar contigo. Cuida, disfruta y guarda bien a esos "alguien (es)" que te dan esa amistad. 

En fin, poco queda por añadir sabiendo que por más lineas que escribiera seguirían quedando pequeñas comparadas con toda nuestra trayectoria de experiencias y momentos vividos. Así que en días como hoy, me doy cuenta de que los versos con destinatario saben mejor. Y en días como hoy, me gustaría hacer un brindis por esas personas que dejan de ser meros desconocidos y, con los años, se convierten en alguien en tu vida.








¡Muchísimas felicidades, Marc!